Al terminar la carrera empecé a trabajar en Marbella, en una oficina vinculada a proyectos residenciales de alto nivel.
Era un mundo nuevo para mí.
Grandes parcelas, materiales especiales y presupuestos importantes.
Al principio me impresionó.
Pero con el tiempo empecé a preguntarme qué hacía realmente valioso un proyecto.
Entendí que el lujo, por sí solo, no garantiza una buena arquitectura.
Que una casa puede ser espectacular y seguir necesitando una idea.
Luz.
Proporción.
Relación con el lugar.
Aquella etapa me enseñó mucho.
Y también me ayudó a definir la arquitectura que quería intentar hacer.
No repetir una imagen. Encontrar una razón detrás de cada decisión.